Legado Niemeyer, Fundacion Ortega y Marañón, Madrid, enero 2026

Fundación Ortega y Marañón, Madrid

Comisarios Ana Suárez Gisbert y Aldones Nino

Legado Niemeyer, exposición del artista y fotógrafo Juan Carlos Vega, establece un diálogo con la obra de Oscar Niemeyer, articulando la idea de legado como un proceso en permanente construcción. La muestra reúne series fotográficas que recorren obras fundamentales del arquitecto. Al atravesar este arco temporal —que va de 1943 a los proyectos más recientes—, Vega construye una narrativa que evidencia la forma y el ritmo en el lenguaje de Niemeyer, revelando cómo su arquitectura continúa generando nuevas relaciones con el paisaje. La exposición destaca la diversidad de soportes, ya que Juan Carlos Vega investiga la larquitectura como un campo activo, coreografiado en estrecha colaboración con compañías de cada ciudad, cuyos intérpretes introducen el cuerpo como elemento para activar el espacio arquitectónico y su dimensión coreográfica latente.

Al dialogar con las tensiones formales de la obra de Oscar Niemeyer, articulado a un pensamiento arquitectónico que continúa proyectando futuros y creando nuevas posibilidades donde la danza emerge como mediación entre arquitectura y cuerpo.

Legado, palabra de origen latino, designa aquello que se transmite y que debe ser asumido con responsabilidad por quienes lo reciben. En el ámbito cultural, sin embargo, el legado no se limita a la preservación de un patrimonio material, sino que se expande como una herencia simbólica, ética y estética que se transforma con el tiempo.

El artista y fotógrafo Juan Carlos Vega asume este legado en primera persona y articula una exposición en la que la obra del arquitecto Oscar Niemeyer se despliega a ambos lados del Atlántico. Es desde esta perspectiva que se sitúa la presente exposición: a través de la mirada de Vega, el legado de Oscar Niemeyer es revisitado como un campo de interpretación. Edificios se convierten en entidades y alojamientos simbólicos que sirven de escenario a diferentes bailarines brasileños así la lente de Vega captura no solo escenas de danza y arquitectura, donde actúa entre la escala monumental de la arquitectura y la experiencia del cuerpo. La exposición se concibe, además, como un espacio accesible, donde la experiencia de la fotografía puede ser percibida también a través del tacto, ampliando las formas de acceso.

La experiencia de Belo Horizonte, particularmente a partir del Conjunto de Pampulha (1940–1943) — la Iglesia de San Francisco de Asís o la Casa do Baile— se configura como un verdadero presagio del proyecto moderno que encontraría su expresión definitiva en Brasilia. En este conjunto, Niemeyer ensaya por primera vez una arquitectura basada en la libertad formal, la integración entre arte, paisaje y ciudad, y el uso expresivo de la curva como principio estructurante. Vega presenta a sus bailarines como cuerpos proyectados hacia un futuro luminoso: figuras flexibles, casi etéreas, que se deslizan y trepan a lo largo del espacio, desafiando la gravedad y los límites físicos de la arquitectura. A partir de los años noventa, Niemeyer se consolida definitivamente como un creador de proyección internacional, reconocimiento que se ve reafirmado con la obtención del Premio Pritzker en 1988, uno de los galardones más prestigiosos de la arquitectura mundial. A este reconocimiento se suma el hecho de que dos de sus proyectos hayan sido declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO — Brasilia (1987) y el Conjunto Moderno de Pampulha (2016) —, confirmando la relevancia histórica, cultural y simbólica de su obra. Desde entonces, su arquitectura deja de leerse únicamente como un emblema del modernismo brasileño para ser comprendida como una contribución fundamental a la arquitectura del siglo XX.

En Niterói, la obra de Niemeyer se afirma de manera emblemática a través del Museu de Arte Contemporânea de Niterói (1996), donde su arquitectura alcanza una de sus expresiones más icónicas. Concebido como un gesto escultórico suspendido sobre el paisaje, el edificio encarna una arquitectura integrada al entorno natural, en diálogo constante con el mar, el cielo y el horizonte. En este contexto, la forma revela una síntesis singular entre estructura, y paisaje. En esta serie, Juan Carlos Vega explora el vacío como resultado del movimiento curvo y de una fluidez espacial constante. El mar, el cielo y la línea del horizonte pasan a constituirse como componentes estructurales de la composición, articulando una geometría en la que el vacío adquiere una dimensión poética. Uno de los mayores desafíos de la obra de Niemeyer fue articular su arquitectura curvilínea y gestual con la escala y la lógica funcional de grandes metrópoles. En estos entornos urbanos marcados por la fragmentación y velocidad, su arquitectura introduce una fisura que interrumpe la rigidez del paisaje construido y restituye una dimensión sensible del habitar. En esta serie, Vega enfatiza esa tensión al incorporar cuerpos en movimiento que dialogan con la ciudad desde el contraste: frente a la dureza estructural, el gesto; frente a la repetición, la fluidez.

La presencia de Niemeyer en Milán adquiere un valor simbólico particular a través del Palazzo Mondadori (1975), donde su lenguaje curvilíneo entraen diálogo directo con la tradición racionalista europea. En este contexto, Vega no escenifica el movimiento, sino que lo integra de manera sutil en la lógica espacial del edificio. El agua y el vacío introducen una temporalidad suspendida, y el cuerpo deja de ser protagonista para convertirse en un dispositivo perceptivo, a través del cual el espacio es experimentado y comprendido.

En Avilés, el Centro Niemeyer (2011) —única obra del arquitecto en España—, concebido como un espacio abierto de encuentro y circulación, se ofrece como un puente entre culturas y territorios. Desde la mirada de Vega, la gran explanada se activa como un campo de relación donde las figuras humanas se funden con las líneas del edificio, y sus sombras pasan a formar parte de una misma experiencia compartida. En este sentido, la exposición propone entender el legado como un campo abierto de experiencia. Las obras de Vega activan una posibilidad viva, un territorio en permanente transformación que encuentra en la creación contemporánea una vía para seguir siendo interpretado y resignificado. En este cruce entre arquitectura, cuerpo e imagen, el legado de Niemeyer se proyecta hacia el presente, revelando su capacidad de inspirar nuevas formas de experiencia y de pensamiento.

Fundación Ortega y Marañón. Calle Fortuny 53, Madrid

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